¿La eternidad?
Eres un poco pretencioso. Yo soy hombre de gustos sencillos. Me gusta
una buena noche y una mejor mañana. Cuando voy a Sevilla, una tapa
en el Eslava. Provocar tu sonrisa, y si se puede provocar, pues un
orgasmo, o mejor dos si estoy acompañado. Me gusta la lluvia
calándome de vuelta a casa o sonando al dar contra el cristal
mientras miro por la ventana aunque no se vea nada. Me gusta salir a
comprar el periódico una mañana de domingo invernal, bien abrigado,
mientras el frío tersa mis mejillas. Me gusta que mi perro se duerma
encima de mí aunque en verano nunca lo haga. Me gusta que no hayas
tirado mi cepillo de dientes y me gusta que alguien le dé al “me
gusta” cuando escribo, ésto debe ser pura vanidad. Me gusta
teclear, ese sonido átono que puede crear cualquier tipo de poema o
sinfonía. Me gusta silbar ahora que sé y me gusta escuchar. Me
gusta el vino, la cerveza y el whisky, cualquier alcohol en realidad.
Me gusta dormir a pierna suelta cuando se puede y disfrutar de esas
noches de insomnio intentando recordar el momento en que dejé de
dormir bien. Me gusta la sinceridad, dicen que duele pero más duele
el silencio y la mentira. Me gusta bailar aunque lo haga fatal y por
eso suelo hacerlo en privado o en confianza. Me gusta bacilar y como
sé que estoy más guapo, me gusta sonreír. Me gustas tú y no lo
pienso evitar. Me encanta la niebla y la forma en que tiras la
cerveza. Me gusta recordar alguna cosa que había olvidado que me
gustaba. Me gusta tu falda y me gusta verte pasear. Me gustó aquella
noche ¿y la peor de todas también? Sí, porque estabas tú. No me
gusta ser un fantasma, prefiero ser un vampiro o un hombre lobo, que
suelen follar más. Me gustan las buenas canciones, las buenas
películas y desayunar un par de tostadas de jamón con un café
sólo (o mejor acompañado). No voy a mentir porque no me gusta. Me gusta más sentir y
aunque sé que eso no sucederá me gusta imaginar que cuando a través
de mi ventana escucho el ascensor eres tú que vienes a darme una
sorpresa. Me gustó aquel corazón de tu sangre y por eso tardé dos
días en ducharme. No me gusta reconocer ciertas cosas pero como ya
he dicho, no me gusta mentir. Me gustaría saber que título le voy a
poner a este texto pero ya improvisaré como aprendí de ti. Me gusta
lo catártico del vómito cuando has bebido demasiado. Me gusta el momento, aunque sólo sea para verlo pasar. Si este texto te ha hecho sonreír, me gustará. Me gusta
retar. Te reto ¿Alguien da más?
lunes, 28 de julio de 2014
jueves, 24 de julio de 2014
Es otra cosa...
Nunca me gustaron
esas postales en las que el típico monumento está perfectamente
iluminado en la noche y perfectamente encuadrado. Cuando de
adolescente estuve en París, a mi hermana, de recuerdo, le traje una
pequeña ocarina ¿Una ocarina, por qué? Porque era diferente,
bonita y aunque no sabía tocarla, al soplar, me hizo gracia su
sonido peculiar. Es otra cosa cuando hablo de belleza. El olor del
café, levantar la vista del libro para paladear esas últimas
palabras, una risa, una brisa o un olor. Una sensación de paz y
victoria cuando al hacer el amor llegamos juntos al orgasmo.
Una vez, hace años,
volvía de un viaje con una chica de buenos genes, de esas que
muchos dirían “me la tiraba hasta reventar”. En mitad del viaje
me llamó un amigo y, con cierta socarronería, me preguntó ¿Qué
tal el viaje? Mi respuesta: Como viajar con un caniche muy bonito. No
es que no sepa apreciar ese tipo de belleza, es que cuando hablo de
belleza, me refiero a otra cosa. No se engendra en la córnea, es
como una preciosa canción que te araña el corazón y te hace
tambalear el alma. Es como mirar al mar que sólo es una masa informe
de agua pero no puedes dejar de mirar al punto donde se junta con el
cielo, escuchar su rumor constante, aspirar ese olor tan penetrante,
tan reconfortante, tan bello. Pues eso, es otra cosa.
lunes, 21 de julio de 2014
Comunicando.
Ya nadie llama y es
una pena, la verdad. Me da igual si lo inventó Graham Bell o no, es
un invento cojonudo y lo estamos echando a perder. Seguimos
llamándolos teléfonos pero estas pequeñas maquinitas; entre tanto
“me gusta”, tanto “leído” en vez de escuchado, tanta letra,
foto, música y mail, nos están acobardando. Debo de estar
haciéndome viejo porque echo de menos aquellos tiempos en que había
que echarle huevos. Cuando los teléfonos se usaban para hablar y
casi todos eran fijos. Tenías quince y te gustaba una chica, te daba
su teléfono pero era el de su casa. Cuando por fin reunías las
pelotas suficientes para llamarla lo cogía su padre o su hermano e
intentando no tartamudear preguntabas por ella. Un incómodo silencio
seguido de un “sí, enseguida se pone” entre dientes. Esperas
mientras planeas mil comienzos posibles... Vaya subidón al escuchar
su voz, es divino, como su risa, sus suspiros y sus silencios que
entonces eran en tiempo real. Ahora tiras la piedra y escondes la
mano hasta que te la devuelven. Antes lo intentabas cada treinta
segundos si comunicaba y perdías los nervios si lo dejaban sonar
demasiado por si estabas cometiendo un error. Ahora sólo te llama
Movistar o Vodafone o tu madre, que es muy antigua, en el mejor (o
peor) de los casos. ¿Dónde está la emoción?
Podéis llamarme
vieja escuela o viejo sin más, podéis llamarme incluso gilipollas
pero lo importante sigue siendo llamar. ¿Comunica? Pues lo vuelves a
intentar.
jueves, 17 de julio de 2014
Mi canción preferida.
Mi canción
preferida tiene el nombre del pecado original. Cree que la quiero
atar pero lo que más me gusta es oírla volar. Mi canción preferida
es triste, pero ese tipo de tristeza que te arranca una sonrisa. Mi
canción preferida no está hecha para bailar, es para sentarse en la
barra y escuchar esa deliciosa melodía, ese acompañamiento de esa
tísica guitara que tanto me gusta tocar al saborear cada uno de sus
versos. Tal vez nunca la vuelva a escuchar pero sé que algunas
mañanas al despertarme o por las noches justo antes de acostarme la
voy a silbar porque fue al escucharla por primera vez cuando sin
darme cuenta junté los labios y comenzó a sonar, aprendí a silbar.
Tal vez desafiné, tal vez la melodía sólo era reconocible por mí
pero su melodía al fin. No soy un experto en música y puede que mi
canción preferida no le guste a puristas y entendidos pero como ya
he dicho, no sé demasiado de música, sólo de canciones que hacen
cambiar el ritmo de mi corazón, tal vez por su personalidad, por su
carácter o sinceridad. La verdad es que nunca me paro a pensar por
qué me gusta una canción, sólo dejo que mi corazón y mis pies se
muevan a su compás y ahora que sé, me pongo a silbar.
sábado, 12 de julio de 2014
Saborear.
Ella me recordó
tantas cosas que había olvidado. Y ahora que estoy dispuesto a
saborearlas tengo que hacerlo aquí, con tito Jack y, como Nacho,
tirando de Alprazolam. Y no, sin ella, no saben igual. Con las gafas
de sol duele un poco menos escribirlas y describirlas, será que aún
me quedan cosas por aprender o que al empañarse estas oscuras lentes
podré emborronar el recuerdo y concentrarme en ese sabor a metal
oxidado de tan poco uso. Y la verdad es que sin ella no sabe igual.
Tal vez al final sólo sea uno más pero a quién le importa si lo
que me hizo recordar y su recuerdo saben genial aunque no pueda
compartirlo con su boca, su lengua, su risa y caricias que ahora
vuelvo a creer sentir como esos crujidos que te hacen pensar en
fantasmas. Y ahora también vuelvo a recordar su falda y esas
rodillas de niña que tanto me gustan. Tengo que portarme bien, me
dice lo poco que queda de mi parte racional, o habrá que matar esa
pequeña parte con otro trago de whisky que, sólo, ella me enseñó
a beber.
Buenas noches,
señorita, disfruta de la luna que yo disfrutaré del recuerdo de tu
sabor.
martes, 8 de julio de 2014
Escrito.
-Lo
llevo escrito en la piel ¿Qué esperabas?
-No
lo sé, otra cosa.
-¡Pero
lo llevo escrito en la piel!
-¿Puedes
parar de repetir eso?
-Si
pudiera no lo llevaría escrito en la piel.
lunes, 7 de julio de 2014
Nada.
-Hoy he vuelto a
mirar, se ha caído otro pedazo.
Ella hace una mueca
entre la comprensión y la desidia. Están sentados al borde del
mundo, los pies colgando por el acantilado y más allá, la nada.
-Está empezando a
entrar la lluvia y por las noches tengo frío.
Ella asiente sin
dejar de mirar la nada.
-Habría que hacer
algo.
Él no puede dejar
de mirarla pero ella no despega su mirada de la nada. Por fin habla.
-Es preciosa. Tan
inmensa, tan atractiva que asusta.
Él mira al frente
y va bajando la mirada hacia sus pies apreciando la majestuosidad de
la nada. -Sí que es bonita, pero no tanto como tú.
El detalle deja
entrever una tímida sonrisa en la comisura de esos labios pintados
de rojo apagado. Él continúa.
-No tengo miedo de
vivir en las ruinas, es otra cosa.
-No tiene sentido
vivir entre ruinas.
-Tampoco sentarse
aquí a mirar la nada.
Ambos se miran un
segundo sin saber cómo continuar, después vuelven a la nada. Él,
inseguro acerca su meñique al de ella hasta rozarlo. Ella le
corresponde acariciándolo y a él lo inunda una absoluta y ridícula
tranquilidad. Cuán ridícula la siente él pero como siempre, lo
obvia.
-¿Qué habrá
abajo, al fondo? ¿No te lo preguntas?-dice ella.
-Supongo que yo me
pregunto otras cosas. El techo, mi dolor, tu sonrisa.
-¿Tendrá fondo?
-Sigue ella.
Él separa su mano
de la de ella y comienza a liarse un cigarro. Se siente mal cada vez
que hace eso. Ella sigue mirando la nada. Él se pone el cigarro en
la boca, saca las cerillas y se lo enciende dando una calada intensa,
lenta y sabrosa, con parsimonia pero profunda. Al expirar el humo se
disuelve en la inmensidad de la nada. La cerilla se consume en sus
dedos hasta que la tira por el acantilado. Ambos miran cómo se
pierde también en la nada. Él vuelve a su cigarro mientras ella no
deja de mirar el punto dónde desapareció en la nada la cerilla.
Ambos a lo suyo cuando a su lado se materializa un manzano o tal vez
siempre ha estado allí pero ninguno de los dos se ha percatado.
-¿Tienes hambre?
Ella se encoje de
hombros. Él, con su bastón, va dando golpes al tronco del árbol
hasta que caen varias manzanas. Las acerca también con su bastón y
las pone al lado de ella.
-Por si acaso.
Ella sonríe más
que nada por complacerle y él la mira una vez más fijamente. Vuelve
a su cigarro que está a punto de acabarse. Observa cómo se va
consumiendo poco a poco hasta que se lo pone en la comisura delos
labios, se pone los cascos y en su móvil busca algo que escuchar. No
sabe qué siente ni qué quiere sentir así que no es fácil tarea.
¿Escuchará algo tristemente reconfortante? ¿Algo animado? ¿Algo
que le devuelva las ganas de luchar? No se puede decidir así que
pone todas sus listas de reproducción en aleatorio. Sonríe al ver
que se vuelve a dejar en manos de la suerte y cuando vuelve a mirarla
a ella se sorprende al ver que ha llamado su atención. Con el
Satisfaction de los Rolling comenzando a resonar en sus oídos
despliega su mejor sonrisa. Tira la colilla por el acantilado y
mientras ella mira esa ficticia luciérnaga aprovecha para robarle un
beso y arrojarse por el acantilado manteniendo aún su mejor sonrisa.
Él mira la colilla que le lleva unos metros de ventaja, se da la
vuelta mientras escucha el cortante viento por encima de la música.
Su sonrisa se tensa aún más mientras ella se hace cada vez más
pequeña. Espera que ella lo siga mientras se da cuenta de que su
sonrisa era irónica, agónica y penosa. Siente el viento y la cadena
que lo une a ella mientras sigue cayendo hasta que ella desaparece.
Después sigue cayendo más aún.
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