domingo, 13 de junio de 2010

Everybody loves the hypnotoad.

Es como la sensación que te deja el tirar sin querer de un cigarrillo que llevas hace demasiado en los labios. Tiras de él y un trozo de piel se desprende. Te tocas y no hay sangre pero en cada una de las siguientes caladas sientes el humo en la carne viva. Aún así sigues apurando el cigarrillo hasta que el calor de la colilla ya no te permite continuar. De pronto abrió los ojos y estaba frente a un púlpito. Todo el silencio de la concurrencia resonaba en sus oídos y se suponía que tenía que hablar. Parecía como si fueran a escuchar. No era capaz de comprender como un ateo podía ser escuchado allí. La verdad es que siempre le gustaron las iglesias, son lugares frescos en verano y silenciosos, le gustaba el silencio. Echó una mirada al patio de butacas, lo cierto es que ni siquiera sabía si se decía patio de butacas porque no estaba muy familiarizado con la terminología eclesiástica. El caso es que las iglesias sí que le gustaban. Eran lo que el eser humano era capaz de hacer, era al fin y al cabo, un buen resumen de los años y siglos. Mirar sus frescos y vidrieras era algo que te hacía pensar, con unos pocos conocimientos básicos podías ver en sus imágenes lo peor y lo mejor de cada ser humano que alguna vez había pasado por allí. Sabía que en esas paredes había sangre de gente buena que se había matado por este lugar fresco y silencioso. Sabía perfectamente los siglos de desgracia, hambre y muerte que La Iglesia llevaba paseando de la mano. Pero esa persona normal que podía levantarse por las mañanas entre la mierda con el solo motor de su fe...
La fe era algo que respetar, algo que admirar. Algunas mañanas se había levantado pensando que todo iba a salir bien, algo le susurraba en los oídos que unas migas de pan que flotaban en el viento le guiarían en su camino. Si los creyentes tienen crisis de fe suponía que los ateos también, solo había que darle la vuelta al vaso.
La fe es lo mismo que cuando en la barra del bar consigues que tu cerebro haga clac y todo se vuelve paz. Es esa sonrisa que dura un segundo y no se necesita más. La fe es comilona y siesta, convertir la hiel en miel.
No se había dado cuenta de que todas estas divagaciones habían salido de sus labios ya y toda esa concurrencia seguía atento a él, seguía con los ojos clavados en él. Necesitaba una despedida y cierre, necesitaba un cigarro. Así que, esta vez consciente de lo que salía de su boca, terminó: Ahora si me disculpan me voy a mi iglesia particular, que están a punto de abrir, muchas gracias.
Bajó del púlpito mientras aún retumbaba en sus oídos el silencio y la sensación de la carne viva en su labio inferior. Salió por la sacristía sin que cesase el silencio de la concurrencia. Suponía que el silencio tenía que ser una buena señal, suponía que era una cuestión de fe.

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